Llegando a Roma

Cuando desperté para ir al Aeropuerto Barajas aún me dolía la cabeza por las birras de la noche anterior. Eso, más la cincuentena de chicos que al parecer iban en el avión por viaje de estudios, o algo así, y que gritaron durante todo el vuelo, no hicieron de éste mi viaje más placentero. Además, cómo odio los low cost, los utilizo por el precio pero realmente pareciera que es la clase práctica de algunos pilotos que recién se inician.  Creo que nunca he dicho tantas oraciones como en algunos ‘low cost’ al despegar, en turbulencias o al aterrizar.

Del Aeropuerto Ciampino a la ciudad de Roma es sencillo llegar. En el mismo aeropuerto venden los tickets para los autobuses que por 4-5 Euros llevan hasta la Estación Termini. Luego, ahí viene lo complejo si es que no se pretende ir cerca de la estación de un metro. En mi caso, escogí pasar mis cuatro días en Roma en el barrio Trastevere que según mi GPS debía llegar: caminando 10 minutos, abordando un bus en direccón a no se qué y luego caminar unos 15 minutos cruzando el río. Yo estaba trasnochada, con los gritos de los chicos en mi cabeza y además, en Roma llovía y no tenía con qué cubrirme: TAXI. Primer error. Me fui a la fila de taxis blancos que estaban a un costado. Ocupado, ocupado, ocupado… De pronto un caballero se acerca: “Señorina. ¿Taxi?”. Atenderlo: segundo error. Negociar el precio sin ocuparnos del taxímetro: tercer error, considerando que recién llegada y de improviso no estaba en condiciones de conocer el precio razonable. Sabía que el cobro era excesivo pero no cuánto. Yo sólo quería llegar ya. El supuesto Don Gianncarlo fue de lo más agradable, mientras avanzábamos me indicó ñdónde estaban las principales atracciones de Roma. Cruzamos el río y me dejó a media calle del lugar con el pretexto de que era muy complejo entrar, había tanto tráfico y en la vuelta tardaríamos mucho. Obvio que yo dije: Chanta. Pero bueno, estaba a unos metros de descansar al fin. Entonces le pagué el dinero y giré a abrir la puerta cuando en el mismo instante me dice: “Alejandra, faltan quince” (ya el trato había sido excesivo, lo sabía pero yo sólo quería llegar). Mis ojos se salieron al estlo de Loony toons al ver dos billetes de 5, inmediatamente miré su otra mano, recorrí el auto completo con la mirada y ahí quedé, toda confundida porque en mi estado de ‘quiero llegar’ probablemente saqué mal el dinero (dudar de mí: el más fatal de los errores). Así que terminé pagando lo que supuestamente faltaba. A los diez pasos ya había revisado en mi cabeza todo lo ocurrido y no tuve ninguna duda: Brutamente me presté para el famoso “cambiazo”. Tenía tanta rabia e impotencia. Qué ganas de volver a Termini hasta encontrarlo. Así de circunstanciada llegué a Orsa Maggiorie, un hostal que se caracteriza por recibir sólo a chicas. Me recibieron muy amables, me entregaron un plano y las llaves de la habitación compartida para cinco personas. Eran las 18:30 hrs y tenía hambre así que dejé mis cosas y salí a buscar algo qué comer: pastas claro.

En menos de cinco minuto estaba en plano Trastevere. Maravilloso. Un conjunto de callejones donde es un piaccere perderse porque en cada esquina se encuentra algo nuevo por descubrir, también un nuevo lugar dónde comer pizza, pasta y helados. En mi caso, cenar degustar con placer una lasagna italiana fue perfecto para terminar el agitado día.

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