Abrazada al otro lado del mundo

Si no hubiese tenido comprado el pasaje a Bangkok desde el día anterior a mi viaje a Nepal, no sé si hubiese hecho mucho por salir. Así me fui de Nepal, con sentimientos encontrados y con un terremoto por el cual tuve que despedirme de la gente que conocí, días después y mediante redes sociales, en la medida que comenzaba a saber que estaban bien.

Muchos fueron los amigos que buscaron  formas de saber de mí mientras estaba incomunicada y fue muy lindo recibir ese cariño y preocupación, porque en la distancia, se sentía . Una de esas personas fue mi amiga Magdalena con quien, por esos días, debía reunirme en Bangkok, así que tuvo que pasar parte de sus vacaciones con los nervios de la incertidumbre de mi paradero. También fue ella quien tuvo que llamar a mi familia para avisar que, contrario a los rumores, yo seguía en Nepal. “Si la Ale estuviera en Bangkok ya se habría comunicado, lo que yo creo es que sigue en Nepal. Si entras a revisar el vuelo, el icono del avión nunca se movió de ahí. Es todo mi fundamento pero yo creo que la Ale nunca salió de Nepal”. Contrario a lo que hubiesen querido oír, ella lo sabía, pero tambien sabía que una certeza era mejor que la falta de noticia, aunque fuese una certeza poco grata. Y así fue, la explicación tuvo todo el sentido para mi hermana… y continuó la espera.

Muchas horas después cuando al fin llegué a Bangkok, sin notar aún lo cansada que estaba, fue un mensaje de Magdalena el que me decía todo lo que debía hacer “Ale, te hice una reserva en un hostel que queda muy cerca de una estación del tren que puedes tomar desde el mismo aeropuerto donde llegas, así no gastas dinero de más en un taxi y llegas fácilmente. La reserva está en tu correo. ¡Ah! Y no necesitas pasar por la VISA, anda directo a inmigración. Compra un pasaje a Luang Prabang, te esperamos allí”. Todas las preocupaciones al llegar a un nuevo país, resueltas. ¡Cómo agradecí esos mensajes! Me quedé casi dos horas sentada en el aeropuerto acumulando energías para continuar, hablando con mi familia, mirando el techo, recordando mis maravillosos días en Nepal, preguntándome cómo estaría toda la gente que conocí y de la cual no tenía noticias.

Mientras iba en el tren me deslumbraba con los edificios y las luces de Bangkok, tan diferente a Kathmandú. Otra vez estaba viviendo un ‘shock cultural’.

Llegué al hostal cerca de las 10 de la noche. Esta vez el taxi tuk tuk me estafo con todo mi consentimiento: “Estoy muy cansada y mis mochilas son grandes, 100 Bath es demasiado pero te los pagare si me dejas en la puerta del hostal. Y no te pierdas” (Sabido es que los tuk tuk muchas veces no conocen la direccion pero siempre dicen: Yes, yes. Ok, Ok).

Mascot Hostel era justo lo que necesitaba, un lugar pequeño y acogedor, un recepcionista amable y carismático, un dormitorio con aire acondicionado que me permitiera dormir con el calor de esa ciudad y unas deliciosas galletas sobre la mesa. Tardé dos días en volver a comer “normal”, la dieta de galletas disminuyó mi apetito y el día siguiente a mi llegada, estuve 20 de las 24 horas del día en la pieza común donde dormí a saltos en la noche ya que cada vez que la chica de la litera de abajo se movía yo despertaba de un salto, lista para correr pensando que era otra réplica del terremoto ‘Ya no estás en Nepal…. Ya no estás en Nepal’, entonces la nostalgia me invadía por estar tan lejos de ese lugar.

Dos días después de llegar a Tailandia y tras un vuelo de dos horas desde Bangkok en un pequeño avión, aterricé finalmente en Laos, en un pueblo rodeado de una frondosa vegetación y entremedio de los ríos Khan y Mekong. Luang Prabang me encantó desde que lo ví aún sobre el avión, además, ahí estaba mi amiga Magdalena junto a su novio, mis amigos, esperando para darme ese anhelado abrazo que contenía todo el cariño y la presencia de mi gente, de mi familia, de mis amigos.

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Plenitud

No tendré más validación gráfica que los timbres en mi pasaporte, que bien podría decir que atesoraré por siempre con máximo cuidado pero no será así, lo más probable es que quede entre medio perdido y medio encontrado de vez en cuando en uno de los cuantos montones de recuerdos de mi vida que andan por ahí.

Este viaje no entregará títulos ni certificados, y más que una línea adicional en mi currículum profesional, será un vacío temporal que evidenciará poco más de medio año desempleada; sin embargo, estos meses, los viajes, la gente que he conocido, las experiencias, el aire, la tierra, las vivencias se me quedan tatuados en la memoria, en la piel cada día más morena, en el cabello cada día más largo, en la consciencia cada instante más despierta, en mi alma cada vez más feliz. Estos días no sólo han sido recorridos saltando de un país a otro, estos días me han terminado de llevar a un recorrido donde he transitado la máxima felicidad personal que he vivido hasta hoy, un recorrido que ha ido más allá de la felicidad, ha ido a la plenitud y a la gratitud eterna de este regalo que la vida y yo nos hemos dado.

Cumplir el sueño de una vida es algo que todos debiésemos tomar como la mayor prioridad porque hoy estoy convencida que esas ansias no son sólo personales, una pasión así debe tener mucho de divinidad.

¿Para qué la vida quería darme esto? No lo se, me queda todo el resto de ella para descubrirlo. Lo que sí puedo decir es que hoy el mundo tiene para sí una persona más absolutamente agradecida y feliz.

Gracias a todos quienes acompañan estos pasos por la tierra y espero que se entusiasmen por dar los propios. Altamente recomendable.

Sintiendo con la intensidad de un niño, simple.