Luang Prabang, Laos

“Sabaidee”
“Namasteeee”

“Sorry….Sabaidee… Verdad que ya no estoy en Nepal. Ahora entiendo tanto a la Sol cuando tenía esa tristeza nostálgica al dejar India. Extraño tanto Nepal”.

Luang Prabang fue mi remanso al entrar al sudeste asiático. Lejos de ser una ciudad caótica como Bangkok, Luang Prabang perecía más un pequeño pueblo junto al río, con calles que se recorren fácilmente a pie visitando los templos y monasterios, lleno de niños vestidos con túnicas color naranjo preparándose para ser futuros monjes.

En cuatro muy calurosos días visitamos los templos de la ciudad, cruzamos el río por losIMG_2346[1] puentes de bamboo, bebimos muchísimo jugo en los puestos locales, desayunamos deliciosos sandwichs en la esquina central donde en la noche comienza el mercado nocturno, madrugamos para ver la escena matutina de las ofrendas a los monjes a las 5:30 Am, descubrimos los trabajos en seda con la cual confeccionan hermosos tejidos hechos en telar, cenamos cada noche a orillas del Mekong con nuestra dosis nocturna de Beerlao y cuando al fin llegaron más amigos chilenos, partimos los cinco a las cascadas en tres motos alquiladas. Con Magdalena íbamos felices, nunca imaginamos recorrer estos lugares, estas culturas, parecíamos niñas embobadas con el camino, con los cerros, con la gente, con nosotras mismas viviendo esos momentos. “¡¿Qué más sensación de libertad que esto podríamos tener?!”.

Era el día de la esperada pelea de Paquiao con Mayweather, los Laosinos estaban atentos, al igual que gran parte del mundo, y sin querer queriendo, antes de ingresar al Parque, nos encontramos los cinco en una pequeña casa sentados en el piso siguiendo los golpes del filipino.

Mi amigo Bruno no quería perderse ese evento y consiguió que la gente local lo invitara a ver la pelea con ellos. Estaban atentos, comentaban, reían, bebían cerveza y pasaban los cigarrillos de un lado a otro, al igual que al bebé de la casa, incluso Bruno lo tuvo en sus brazos unos minutos hasta que volvió a llorar, yo creo que de mirarnos las caras y ver gente tan rara.

La entrada del Parque nos sorprendió con un pequeño zoológico de osos que no sabíamos que estaba ahí. Resulta que en la entrada del parque se encuentra el centro de rescate de osos Tat Kuang Si Rescue y si van cerca del mediodía es posible ver comer y jugar a estos simpáticos personajes.

Siguiendo el sendero, una pequeña caminata nos llevó hasta las cascadas y luego al mirador sobre ellas. Caminar por los pozones que están justo antes de caer el agua es alucinante, una calma y un remanso que contradice a la energía de la caída. Aprovechamos el instante para bañarnos, siempre cuidando de no mostrar demasiado, ya que por la cultura que tienen, pudimos encontrar letreros por todo el parque que pedían que vistiéramos adecuadamente y no nos paseáramos en bikini.

El retorno a LuIMG_2665[1]ang Prabang no fue menos entretenido. Decidimos conocer un poco de la gente y los poblados que están camino a la ciudad y pronto nos encontramos bebiendo café en un monasterio juntos a los pequeños estudiantes monjes que nos contaban un poco de su vida, y jugando con unas curiosas niñas, ansiosas de modelar ante nuestras cámaras.

Cuatro días en Luang Prabang podría ser mucho tiempo para un recorrido por el sudeste asiático, pero lo cierto es que yo disfruté cada momento de esos días, aun con ese calor excesivo que cedía un tanto al caer la noche, preciso para ir a recorrer el diario mercado nocturno.

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