Mi camino a Kathmandú

Con el cambio de planes y por lo tanto, también de pasajes, desviando la ruta a Viena y Praga, los días programados en Barcelona se redujeron de cinco a uno y medio. Alcancé a ver el Barrio Gótico,  caminar por La Rambla e ir a comprar frutas y verduras a La Boquería para preparar mi última cena a este lado del mundo. Que por cierto, con recelo y curiosidad, quiso probar el chico ruso que estaba en el Itaca Hostel y que fue aprobada junto a la gracia que le hacia mi hablar chileno cantado.

Después de dos semanas de viaje por Europa, ahí iba en el Aerobús, camino a otro aeropuerto, tanto o más nerviosa que el día que salí de Chile. Sola. Sola. “¿Qué hago viajando a Nepal sola?  Ok, repasemos. Tengo el nombre del hostal, tengo la dirección, sé cuál es el barrio. Tengo que buscar la manera de tomar las fotos en el aeropuerto para la Visa. Tengo el nombre y número de la persona que me irá a buscar. No tengo idea cómo se hace una llamada en Nepal. Ya. ¿Qué idioma se habla en Qatar? . Doha, tengo que hacer conexión en Doha. Un país tan multimillonario como dicen debe tener todo escrito en inglés. O sea, en Asia también tendrán todo con subtitulos en inglés ¿No?. ¿Qué estoy haciendo?”

Impresión de fotos. Primer intento, horrible. Segundo intento, pésimo. Tercero, ¡Ay no, esto será imposible! De haber sabido que esa foto quedaría en uno de los recuerdos más importantes que tendría en la vida, lo habría intentado diez veces más de ser necesario.

En lo que fue mi experiencia al menos, Qatar le hace justicia al rumor de ser de las mejores aerolíneas desde que pasé mis documentos en el counter y para  mí, que bajo mi sonrisa amistosa estaba aterrada, la amabilidad y empatía de la persona que me atendió fue reconfortante.

La espera para abordar se me hizo eterna. La gente a mi alrededor ya era poco inusual para mí y sus conversaciones sonaban en mis oídos algo así como “changuanchtará guanratregachan”.

Una vez en mi espacioso asiento en clase económica (sí, espacioso) me dediqué a mover sutilmente mis ojos de un lado a otro con una mezcla de susto y fascinación al ver lo distintos que se veían todos. Aunque no tardé más de unos minutos para comprobar que la distinta era yo.

Como niña con juguete nuevo abrí el set de viaje de Qatar. “¡Ay, vienen esas cositas con las que duermen en las peliculas! Un par de calcetas, cepillo de dientes, protector de oídos. Me estoy empezando a sentir estafada por LAN”

En la cena acepté el plato con ‘Chicken’ porque fue lo único que entendí cuando me recitó las opciones. Incluso cuando las repitió . “Chicken… curry… Orange Juice… Please… Yes.. Thank you” Desde ese momento comencé a utilizar el inglés más básico que aprendí alguna vez y olvidé cualquier forma verbal y construcción correcta de frases. Yo sólo estaba constantemente impactada por todo, mirando un mundo por primera vez.

A Doha llegamos de noche, sólo veía luces desde el avión, pero luces de Qatar. A ratos, me perturbaba mi propia capacidad de impresionarme con las luces. 15403_10155508272790372_3230413225925647009_n
Mis fotografías no hicieron justicia al momento pero la cosa era más o menos así Luces de Qatar. Luego, el aeropuerto, no sólo era grande, lleno de luces y pantallas sino que comenzaron a aparecer las ‘túnicas’. Las escenas de películas y reportajes con mujeres que sólo mostraban sus ojos y de hombres con túnicas blancas ahora pasaban frente a mí, alrededor mío. Miré mi forma de vestir, que de antemano había procurado que fuese pantalón largo, no ajustado y una polera sin escote y que cubriera bajo los hombros, pero aún así me sentía tan fuera de lugar, tan expuesta. (Una túnica para mí también, por favor). Ya no sólo habían servicios higiénicos para hombres y otros para mujeres, sino que también salas y lugares de oración divididos. También fue la primera vez que vi la famosa ‘manguerita’ del baño.

Yo seguía mirando y oyendo. Caminé bastante hasta llegar a la puerta de embarque del avión que iba a Kathmandú. Me senté y casi no me moví más. Al subir al segundo avión intenté comer algo diferente pero nuevamente ‘Chicken’ fue lo único que entendí.

Cuando nos acercábamos ya a Nepal miré por mi ventana para ver el Everest pero sólo vi desierto bajo el avión. 11133919_10155508276115372_8221599048079879430_n¿Dónde estamos?¿ Dónde estamos? Sobrevolamos unos momentos más y el avión comenzó a girar hacia la izquierda. ¡Ahí estaba! ¡Esa montaña debe ser el Everest! Yo con los ojos desbordantes y alrededor nadie se inmutaba así que con la mirada ubiqué a otros turistas para ver que alguien mas se entusiasmara. Estaban tan lejos que no pude utilizar ese apoyo moral. ¿Será? ¡Ay! Esa otra es más grande, ¿o no? ¿O esa?. Me confunden las nubes entremedio, la anterior ya se me perdió.

Lo bueno es que tuve la oportunidad de mirarlas nuevamente porque el avión continuó su giro en 360°. Lo malo fue que tras oír al capitán por el altoparlante decir que debíamos esperar que el aeropuerto se desocupara porque estaba lleno, dimos a lo menos ocho vueltas en círculo más. Ocho porque fue la última que conté antes de dormir, ya bastante mareada por los paseos circulares.

Alcancé a despertar justo cuando el avión bajaba sobre Kathmandú y eso me permitió hacer una idea bastante rápida pero oportuna de qué encontraría en unos minutos más, u horas, porque el trámite de ingreso a Nepal fue más largo de lo que esperaba.

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