Bienvenida a Kathmandu

De Nepal no sabía mucho. Gracias al libro de la ‘Guía Azul’ que había comprado unos meses antes en “El Ateneo” en Buenos Aires, sabía que había sido un régimen monárquico hasta inicios del año 2000 y que en la actualidad vivía un intento de democracia incipiente con todo lo que ello pueda significar, aunque en los libros se percibe distinto. Sabía que hinduísmo y budismo era algo que iba a tener que comprender rápidamente y aunque el libro hablaba sólo de los principales dioses, a mí me costaba recordar quién era quién en aquellas deidades. Cuando leí que Brahma, Shiva y Vishnú eran las tres manifestaciones principales de un único principio divino y que sus encarnaciones posteriores serían millones, pensé que sería una exageración del autor. Ahora entiendo que no.

Sabía que históricamente funcionaban las castas, al igual que en India, pero que éstas ya habían sido abolidas constitucionalmente. Sabía que tenía que cambiar mi dinero por “rupias” y que un dólar o un euro debía andar cercano a las 100 rupias. Sabía que en el Barrio de Thamel, el barrio turístico donde alojaría, podía comprar todo lo que me hiciera falta aún para el trekking (como el saco de dormir). No recuerdo saber mucho más.

No importa cuánto hubiese leído, estaba aterrizando en mi primer país asiático, después de dos semanas por Europa, nada me hubiese preparado lo suficiente para llegar. 11707644_10155886770960372_3618876296336349960_nCuando el avión comenzó a descender ya se podían ver muy de cerca las construcciones y el flujo vehicular en sentido opuesto al que estaba acostumbrada. Antes de bajar las ruedas el avión, yo veía una ciudad interminable que me daba la impresión que se había levantado completa en unos pocos días y que estaba en pleno periodo de construcción. Inmediatamente me sentí en algo así como en un largo tour por Pudahuel y La Bandera.

Bajé del avión e intenté entender cómo hacer el trámite de la Visa, miraba a los demás pero parece que todos estaban un poco confundidos. Finalmente, un chico del aeropuerto me ayudó a llenar un formulario digital y me indicó la fila para pagar mi estadía. Estaría 28 días en Nepal.

Las filas eran extensas y el trámite siempre tardaba más por algún inconveniente, como por ejemplo, que no se podía pagar con ningún tipo de tarjeta, así que muchos se vieron obligados a ir a cambiar dinero y volver a pagar en efectivo.

El Aeropuerto internacional Tribhuan me pareció más bien pequeño y me recordó al Aeropuerto antiguo de Santiago. “Con razón dimos tantas vueltas en el aire esperando un lugar para aterrizar”. Como el trámite de la Visa duró poco más de una hora, cuando fui a retirar mi mochila de la cinta de equipaje, de ella no había ni rastro. Estaba llenísimo pero por personas de otro vuelo que retiraban su equipaje. En medio del caos quise ubicar algún guardia o alguien a quién preguntar dónde iban a parar los bolsos que no habían sido retirados. Todo el mundo se veía igual. Me di un par de vueltas sobre mí misma intentando saber qué hacer y ahí estaba, en un rincón, mi muy empolvada mochila, arrimada junto a otros bolsos olvidados y absolutamente despreciados. La tomé y salí rápido de ahí.

Cuando salí por la puerta del aeropuerto quedé inmóvil, atontada del centenar, sino más, de personas esperando. ¿Cómo iba a saber quién de ellos me recibiría a mí? Esa imagen común de letreros con el nombre no existía, salvo algunos, la mayoría era una multitud de caos. No sé cómo pero lo vi. De pronto una cabeza se asomaba en segunda o tercera fila entre la multitud y yo supe de inmediato, y sin ninguna razón lógica, que era quién me esperaba “¡It’s me! ¡It’s me!” Alcé la mano y grité sólo para mis adentros porque poca voz me salía. Caminamos ambos unos pasos para alejarnos de la multitud, preguntó si era Alejandra y recibió mi mochila, junto a todo mi alivio. Caminamos un poco hacia los estacionamientos, de inmediato me llamó la atención la cantidad de motos circulando pero por sobretodo, el mono. Sí, el mono sentado sobre una moto estacionada. El primer pensamiento fue “¿Esta gente tiene monos de mascotas?” y en el segundo siguiente me burlé de mi propia reflexión “Estos monos no son mascotas”.

12985507_10156908951920372_5348835114670514617_nMilan, me recibió con una guirnalda de flores que puso alrededor de mi cuello. Me dio la bienvenida oficial a Nepal y me llevó a Thamel, al hostal que yo había escogido para las 6 noches que estaría fuera del programa de Trekking que había contratado con ellos. Ese día me mudaría al hotel que incluía el inicio del Programa de 21 días. Advertí a Milán sobre mi escaso inglés y le pedí que no hablara muy rápido. En el trayecto él me contó un poco de la agencia, de Nepal, de Katmandú, de las montañas. Me explicó que el Barrio de Thamel eran calles estrechas y que no era posible estacionar ahí. Debíamos estacionar a unas cuadras y caminar un poco.

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Yo estaba en estado de shock. Intentaba entender lo que Milan me explicaba, intentaba responder sus preguntas y al a vez me sorprendía cada vez más con las imágenes tras la ventana del auto.  El tráfico, con dirección a la inglesa, era un caos, las motos adelantaban por dónde quisieran y a la distancia que pudieran, eso era encima del vehículo anterior. Cuando cruzamos por sobre el río creo que vi todo menos agua, agua corriendo al menos. Mujeres lavando ropa, niños alrededor, escombros. Bocinas, muchas bocinas y un aroma intenso que se incrustó en mi nariz desde que salí del aeropuerto. La ciudad entera tenía un aroma a curry e incienso.
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El vértigo de recorrer una pequeña parte de la ciudad se vio inmediatamente superado al recorrer mis primeras cuadras a pie. Era como la calle Meiggs en vísperas de Navidad. Multitud de personas caminando en todas direcciones, transitando por las mismas calles que iban automóviles, bicicletas, carros con personas tirados por bicicletas (rickshaw). Mientras intentaba caminar rápido sin perder de vista a Milán, devoraba con mis ojos todo lo que estaba a mi pasar, los callejones, los viejos edificios, las tiendas, las túnicas vistosas de las mujeres, los sonidos nasales y escupitajos de los transeúntes (muy propios de su cultura).

Le pregunto a Milan si conoce cuál es la calle del hostal a lo cual me responde: “Aquí no hay nombres de calles”. Intenté mirar algún letrero que me diera algo de razón pero sólo encontré cientos de avisos de hostel, internet, laundry, phone, email, restaurant, money exchange. De pronto giramos y entramos por un callejón aún más pequeño que la calle en que íbamos, al menos éste era sólo peatonal. En eso camino tras Milán cuando “¡BRUNO! ¡BRUNOOO!”. Si en ese momento hubiese sido feliz viendo a cualquier chileno, que éste fuera un antiguo colega, un amigo, y una persona con toda la calidez humana que tiene Bruno, bueno, no pudo sino ser un encuentro prefecto. “¡Cabra chica! Sabía que te encontraría por aquí, ayer llegamos con la Sol desde India y vi en tu ‘Face’ que venías para acá”. Con ese abrazo recuperé el aliento.

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Milan y Bruno me dejaron en el hostal. Milan miró con desagrado y desconfianza el lugar. Me dio su teléfono y me pidió que lo llamara si tenía cualquier problema.

Me dieron un dormitorio que ya no recuerdo por qué pedí que me cambiaran. Algo que no suelo hacer nunca. Me dieron el segundo y por alguna razón era un poco mejor. La puntuación 8 de Booking no tenía nada que ver con el lugar. Nada. Le sonreí a Milan y le dije que estaría bien. Aún nos quedaba saldar la mitad del trato por el trekking. Quise pagar con tarjeta pero él no tenía la “máquina”. Me pidió volver al día siguiente pero yo no quería esperar. Quería tener mi segundo día dispuesto a recorrer la ciudad junto a Bruno y la Sol. Le ofrecí ir de inmediato a la agencia.

Partimos y cuando ví que pronto oscurecería se me ocurrió preguntar si era muy lejos. Dijo que sí, un poco. En fin, ya estaba ahí.

Llegamos a su casa que era donde estaba la agencia (familiar), me quité los zapatos para entrar, me presentó a su madre y me instalé en una oficina donde reconocí en fotografía al dueño del negocio, su padre. La señora llegó con una bandeja para servirme té y me hizo unos exquisitos panes con huevo revuelto. Conversamos un poco, terminamos los negocios y me preguntó si me importaría regresar en motocicleta a Thamel, para así evitar el tráfico vehicular. ¡¿Qué más da?! He tenido tantas impresiones en un día y además estoy en Kathmandú, si no ando una vez en moto, será como no haber estado.

Le dije que sí, esperé en la terraza y vi el primer corte de luz del sector. Duró unos pocos minutos. El resto de la ciudad seguía iluminada. Todo había sido vertiginoso para mí ese día, estaba tan impactada como fascinada. El temor a estar sola y en algo tan distinto era superado por la fascinación del mismo temor.

Me puse un casco y subí a la parte trasera de la moto.

Motoquear en Kathmandú es una experiencia por sí sola. Salimos por caminos de tierra donde siempre pensé que en el siguiente giro caeríamos. “Al menos tengo mi seguro de viaje con eso alguien sabrá qué hacer”. Un policía nos detuvo, algo contestó Milan y luego nos dejó continuar. “Es para saber si estaba bebido”. Ya era de noche en Kathmandú y yo veía luces y más luces que venían frente a nosotros. “El siguiente sí nos choca” pero no, centímetros antes, o bien los vehículos contrarios o el mismo Milan, giraba y continuaba la ruta. A ratos me lograba mirar por el espejo retrovisor, a ratos porque el polvo que se levantaba no me dejaba mantener los ojos abiertos muchos tiempo. Me miraba y me decía “Mírate, estás en Nepal. Estás en Kathmandu. Lo lograste. Si caes de esta moto, al menos ya lograste llegar a Kathmandú. Ay pero no quiero morir. ¿De verdad estoy aquí? ¡¡Estoy en Kathmanduuuuu!! ¡Yujuuuuui!”. Yo ya me sentía viviendo en otro mundo, en otra dimensión, en otro tiempo, otra vida. No sé si toda realidad desaparecía para mí, o al contrario, mi vida tomaba al fin la realidad que tanto tiempo deseé.

Cuando llegué al hostal tenía una nota de Bruno para que fuera a desayunar con ellos al restaurant del suyo. Me la dio uno de los encargados que siempre estaba en recepción junto a otros tres o cuatro hombres tirados en un sillón que no tengo idea qué parte del Staff eran pero estaban de puntos fijos, y cada vez que subía o bajaba de mi habitación, me saludaban, quizás demasiado amablemente: “Namasté”.

Salí a caminar por el barrio de noche. Procuré no alejarme demasiado ni entrar en callejones que después confundiría al volver. Verifiqué donde cambiar dinero y dónde comprar algo para comer. Intenté mi primer regateo sin mucho éxito. Compré mi primera ‘Pashmina’ sobre la cual dormí porque no quise hacerlo directamente sobre las sábanas de mi dudoso hostal. Subí a mi habitación y sonreí: Sobreviví a mi primer día en Kathmandú.

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