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VIENA, GRACIAS A MOCTEZUMA

– ¿Praga? ¿Vas a Praga?
Yo no sé cual habrá sido mi expresión al hacer la pregunta pero Diana, la chica mexicana que acababa de conocer en el hostal de Roma me respondió: Si. Viena y luego Praga. Si te animas vamos.

Aún no pasaba una semana desde el día que dejé Chile, aterrada por el viaje que al fin me atrevía a hacer, sola, y ahora estaba sentada en la capital de Italia, junto a una chica Mexicana, frente a un computador comprando pasajes para entrar a Austria y a la República Checa.

– No lo puedo creer, siempre he querido ir a Praga pero no se porqué nunca pensé llegar allá. ¿Y dónde dices que vamos antes? ¿Viena? Eso es…. ¡Austria! ¡Vamos a Austria!

Diana ya había estudiado toda la ruta y tenía un plan perfecto para llegar a Praga.

– Nos tomamos un bus desde Venecia y en ese nos vamos a Viena. Es un bus nocturno así que pasamos la noche viajando y llegamos a Viena a las 4:30 de la madrugada. Entonces nos quedamos en la terminal ahí bien calentitas tomando un café y cuando ya esté bien de día nos vamos al hotel.

Diana me explicaba muy entusiasmada su gran motivación de pasar por Viena: “Ay, es que ahí hay un museo donde está el penacho de Moctezuma y para nosotros los mexicanos eso es muy importante porque mira…”

¡El penacho de Moctezuma! Pero claro que sabía quien era Moctezuma si en los días de colegio aluciné con las clases de historia mientras aprendía de la cultura azteca y las pirámides, Quetzalcóatl, Tenochtitlán y los sacrificios arrancando el corazón…¡Uuuuy.!

– Ay Diana es que ahora yo también quiero llegar a Viena a ver el penacho.

Así partimos desde el “terminal” fantasma en Venecia Mestre. Fantasma porque nunca lo encontramos. Caminamos, preguntamos, nos desesperamos, nos tranquilizamos ¿Y del bus amarillo que va a Viena? Nada. Hasta que de pronto aparece unos minutos en una parada a unos cincuenta metros de donde nos manteníamos sentadas, resignadas, entregadas a ya no sabíamos qué.

Nuestros asientos estaban ubicados en la última fila del bus por lo tanto no se podían reclinar, así que en el plan de dormir cómodas no nos fue tan bien. Diana se acomodó como pudo y se lanzó al sueño. Yo aproveché la pantalla de entretención y vi por enésima vez una de esas comedias románticas protagonizada por Meg Ryan que cuando niña me encantaban. Claro, ahora era un poco extraño oír los diálogos en checo. Por suerte hace años la vi tantas veces que ya casi me sabía los textos de memoria y los subtítulos en inglés algo ayudaban.

Pasaban las horas y nuestros dolores de cuello aumentaban. Finalmente, a las 4:30 ya estábamos en Viena. Llegamos al fin.

Bajamos puntualmente del autobús, nos entregaron nuestro equipaje y ahí quedamos: en la calle.

– Diana esto no es un terminal ¡Es una parada!

Estábamos a fines de marzo, la primavera ya llegaba a esas tierras pero ¡Estamos en Viena! ¡4.30 am! … en la calle… oscura…vacía…fría, muy fría. Diana se pasea de un lado a otro, no se si más desesperada por el frío o por encontrar un lugar seguro donde esperar el día. Por mi parte, me puse encima toda mi ropa de montaña que tenía destinada para el trekking en Nepal y me preparé para comer nuestra reserva de alimentos: pan con atún y porotos. No, no fue idea nuestra esa mezcla, los ´frijoles´aparecieron sorpresivamente al abrir el tarro de atún.

Tras unos minutos, Diana logró encontrar la estación de metro cercana y nos acomodamos junto a la boletería en espera de que abrieran el café que estaba en la entrada. A las 6 am.

5:45: ¿Será que podemos entrar?. No, nos indican que abren a las 6:00

– ¡Ay Ale! Que gente tan fea, en México ya nos hubiesen abierto si nos ven aquí afuera con este frío.

– Sí, en Chile también pero no es que sean feos o malos. Son Europeos. Si dicen a las 6, es a las 6. Quedan tres minutos. ¡Brrrrr!

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Finalmente logramos nuestro café, amaneció con algunos pocos grados sobre cero, caminamos, caminamos, nos perdimos, caminamos más y justo cuando ya el frío, el cansancio y la pérdida de orientación ganarían la batalla sobre nuestro buen humor, apareció el hotel, el desayuno buffet, la habitación con calefacción y las camas.

– ¡Ay Diana! Todo lo que hemos pasado por el penacho de Moctezuma pero estoy feliz porque nos trajo a Viena y luego a Praga.

– Si Ale y bueno, al menos yo soy mexicana– ya entre risas y sarcasmos- pero bueno, dormimos un rato para recuperarnos y nos vamos al museo.

Viena es bello pero nosotras somos demasiado latinas para esa ciudad silenciosa, perfecta, con el transporte perfecto, con los jardines perfectos, con la vida perfecta. No duramos mucho más que el día y medio que teníamos previsto, necesitábamos ruido, caos.

Después de descansar nos fuimos rumbo al Museo de Etnología, lo encontramos bastante solitario. Mi teoría era que habíamos dormido demasiado y que en el horario de la vida europea ya habían cerrado. Tendríamos que volver en la mañana siguiente.

Aparece una mujer. Diana pregunta por la entrada: El museo está cerrado.

– Tardamos demasiado ¿A qué hora abren mañana?.

– No, el museo está cerrado por restauración hasta el próximo año, el 2016.

¿Queeeé? El Penacho tan cerca y sin poder verlo.

¡Ay Diana! Por lo menos tú eres mexicana, yo soy una chilena que se vino tras el penacho de Moctezuma a un Museo que estará cerrado un año más.

Y así, entre risas de fracasos y aventuras de latinas perdidas en este pedacito de ciudad perfecta, nos fuimos en busca de algún café caliente y de la comida favorita de Diana por estos días: Kebab.

 

 

 

 

Llegando a Roma

Cuando desperté para ir al Aeropuerto Barajas aún me dolía la cabeza por las birras de la noche anterior. Eso, más la cincuentena de chicos que al parecer iban en el avión por viaje de estudios, o algo así, y que gritaron durante todo el vuelo, no hicieron de éste mi viaje más placentero. Además, cómo odio los low cost, los utilizo por el precio pero realmente pareciera que es la clase práctica de algunos pilotos que recién se inician.  Creo que nunca he dicho tantas oraciones como en algunos ‘low cost’ al despegar, en turbulencias o al aterrizar.

Del Aeropuerto Ciampino a la ciudad de Roma es sencillo llegar. En el mismo aeropuerto venden los tickets para los autobuses que por 4-5 Euros llevan hasta la Estación Termini. Luego, ahí viene lo complejo si es que no se pretende ir cerca de la estación de un metro. En mi caso, escogí pasar mis cuatro días en Roma en el barrio Trastevere que según mi GPS debía llegar: caminando 10 minutos, abordando un bus en direccón a no se qué y luego caminar unos 15 minutos cruzando el río. Yo estaba trasnochada, con los gritos de los chicos en mi cabeza y además, en Roma llovía y no tenía con qué cubrirme: TAXI. Primer error. Me fui a la fila de taxis blancos que estaban a un costado. Ocupado, ocupado, ocupado… De pronto un caballero se acerca: “Señorina. ¿Taxi?”. Atenderlo: segundo error. Negociar el precio sin ocuparnos del taxímetro: tercer error, considerando que recién llegada y de improviso no estaba en condiciones de conocer el precio razonable. Sabía que el cobro era excesivo pero no cuánto. Yo sólo quería llegar ya. El supuesto Don Gianncarlo fue de lo más agradable, mientras avanzábamos me indicó ñdónde estaban las principales atracciones de Roma. Cruzamos el río y me dejó a media calle del lugar con el pretexto de que era muy complejo entrar, había tanto tráfico y en la vuelta tardaríamos mucho. Obvio que yo dije: Chanta. Pero bueno, estaba a unos metros de descansar al fin. Entonces le pagué el dinero y giré a abrir la puerta cuando en el mismo instante me dice: “Alejandra, faltan quince” (ya el trato había sido excesivo, lo sabía pero yo sólo quería llegar). Mis ojos se salieron al estlo de Loony toons al ver dos billetes de 5, inmediatamente miré su otra mano, recorrí el auto completo con la mirada y ahí quedé, toda confundida porque en mi estado de ‘quiero llegar’ probablemente saqué mal el dinero (dudar de mí: el más fatal de los errores). Así que terminé pagando lo que supuestamente faltaba. A los diez pasos ya había revisado en mi cabeza todo lo ocurrido y no tuve ninguna duda: Brutamente me presté para el famoso “cambiazo”. Tenía tanta rabia e impotencia. Qué ganas de volver a Termini hasta encontrarlo. Así de circunstanciada llegué a Orsa Maggiorie, un hostal que se caracteriza por recibir sólo a chicas. Me recibieron muy amables, me entregaron un plano y las llaves de la habitación compartida para cinco personas. Eran las 18:30 hrs y tenía hambre así que dejé mis cosas y salí a buscar algo qué comer: pastas claro.

En menos de cinco minuto estaba en plano Trastevere. Maravilloso. Un conjunto de callejones donde es un piaccere perderse porque en cada esquina se encuentra algo nuevo por descubrir, también un nuevo lugar dónde comer pizza, pasta y helados. En mi caso, cenar degustar con placer una lasagna italiana fue perfecto para terminar el agitado día.