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Camino a Navarino:Punta Arenas y el Estrecho de Magallanes

Una hora he tardado en comenzar a escribir desde que me senté en el comedor del barco, junto a la ventana. El día está precioso. A lo lejos ya se pueden ver los glaciares junto a los cuales pasaremos en un par de horas.

Aún no alcanzaba a ordenar mis ideas cuando la pequeña Luna se sentó a mi lado “¿Qué estás haciendo? ¿Te puedo ayudar?”. Tres frases recordando nuestro viaje el día de ayer fueron suficientes para que escribiera su primer capítulo de “Historias de Luna”, mientras yo hacía las veces de asesoría gramatical :

“¿Se se escribe con s o con c?”

“Con s, y regiones es con g, no con j”

Llegar del Aeropuerto a cualquier punto de la ciudad de Punta Arenas es fácil, por $10.000.- pesos chilenos se puede tomar un taxi, opción conveniente si son más de tres personas. O bien, por $5.000.- se puede llegar en transfer.

Según nuestras averiguaciones en Puerto Williams hay un minimarket donde es posible comprar de todo pero la variedad y precio mejora llevando lo que necesitemos con nosotros. No es primera vez que estoy en la Patagonia pero siempre olvido el gran detalle al ir de comprar: Están prohibidas las bolsas plásticas.

Ahí tenemos nuestro surtido de alimentación para siete personas en diez días y sin bolsa alguna. Dato: por $500 pesos puedes obtener tu nuevo recuerdo en el supermercado: bolsas de género.

Se ve bien la vida en Punta Arenas. Mi prima y su familia no parecen querer volver a Santiago. Su hijo practica natación a diario, su marido taekwondo y ella me cuenta cómo una vez salió a dar un paseo en bici y tardó tres horas en regresar porque venía en contra del viento y eso en Punta Arenas no es menor: “Tuve que bordear todo para llegar”.

Mi hermana, la Mona, practica Capoeira y a los minutos de bajar del avión ya tiene sus planes esa tarde: “Me invitaron a entrenar hoy de 20 a 21 hrs.”

Conversando y rumoreando por ahí, con el taxista, con gente de la embarcación y con quien pillamos, parece ser que Punta Arenas es una buena opción a considerar. “Quien no trabaja en Punta Arenas es porque es flojo. Pega de algo siempre hay”. Como sea, quedan días para averiguar más y ver si es tan así. Quién sabe si termino saltando de un puerto a otro para vivir por acá un tiempo.

Son las 16:00 hrs: Hicimos un alto por un par de minutos para admirar un poco más de cerca el Ventisquero Italiano.

Estando acá cuesta un poco creer que día a día nos empeñamos en destrozar este mundo satisfaciendo un tipo de vida que sólo nos aleja en cada instante del concepto de plenitud. Estando aquí vuelvo a creer que comida y abrigo es casi lo único que realmente necesito, que lo demás lo podemos conseguir a precios más nobles que la depredación a la cual nos aferramos tan salvajemente.


Historias de Luna: Navegando por los mares

Morena me está enseñando que las regiones son 15. También en mi colegio Falabella me  lo enseñaron así. De todas las regiones estoy en la número 12 que se llama Región de Magallanes  y  la  Antártida  Chilena.

Ahora estoy navegando por los canales hacia el sur. La Morena dice que esto se llama Patagonia.

Me encanta porque el mar se ve muy bonito. Además, ayer vi a dos delfines juntos saltando por el agua. Lo estamos pasando muy bien.

Estamos esperando el almuerzo porque ya tengo mucha hambre. Le pregunto a Morena de nuevo “¿Qué hora es? Para el almuerzo”. Dice que falta una hora.

Ahora le pregunto si me puedo comer un durazno y me responde que no, porque sino después no me como todo el almuerzo. Yo le digo que sí me voy a comer todo y ella responde: “Entonces pregúntale a tu mamá”. Subo a preguntarle a mi mamá y mi mamá dice: “ZzzzzzzzzzzZzzzz y también dice gjuuuuugjuuuu (ronquidos) , sí…. De postre”.

 

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Camino a Navarino

A estas alturas no recuerdo en qué momento Dientes de Navarino comenzó a ser real.

Un día de no sé cuándo vi esa ruta, imprimí una fotografía y la pegué junto a la pantalla del computador de la oficina. Así como una vez lo hice con los Himalayas, quería que ahora Navarino se apoderara de las oportunidades hasta llevarme hasta ahí.

“Quiero ir a la Isla de Navarino y llegar a Puerto Toro” me dijo un día papá.

Hace algunos años tuvimos buenos periodos de montañas y rutas que ya casi hemos abandonado juntos, ante lo cual respondí “Ahí está Dientes de Navarino. El trekking más austral del mundo. Yo quiero ir a la Isla pero a hacer esa ruta”.

Todo quedó pendiente por días, semanas y quizás meses. Leyendo, pensando, conversando, olvidando y volviendo a conversar hasta el día que hubo una fecha y un “Hagámoslo“. Después de eso, otros meses más, la compra de pasajes y desde entonces, más meses, exactamente cinco para preparar bien a lo que vamos.

Ambos estábamos alejados de las prácticas de trekking, él más que yo, pero de todas maneras ya llevo casi dos años sin una ruta de más de dos días.

A esta cordada austral se incluyeron tres más. Entonces comenzó la preparación.

En términos teóricos, mi padre y yo, somos los únicos que contamos con un curso básico, yo con dos, nunca están de más. Comenzamos con temas básicos como estudiar el circuito, conversar entre todos el tipo de vestimenta, de equipo y alimentación, revisar el tipo de entrenamiento y conocer las inclemencias del clima en esta ruta en particular.

En términos físicos, por mi parte, me encontraba con el mayor sobrepeso que he tenido y totalmente fuera de forma pero ya sé que las travesías comienzan cuando ya están de forma concreta en la cabeza y no en el primer paso en la ruta. Es un viaje que comienza mucho antes.

La disciplina no es mi fuerte, he descubierto que necesito objetivos competitivos para moverme. Los que mejor me resultan son los propios así que lo primero que hice fue inscribirme en una carrera de 10 Km. Eso obligó a moverme. El primer día que salí a la calle, logré correr poco más de 2,5 km y llegué roja como tomate. Un mes antes de la carrera corría 5 Km, a dos semanas recién pasaba los 7 Km. El día de la carrera fue el primero que hice los 10 Km y llegué bastante bien. Ya había ‘quebrado’ la inercia. Después me enfoqué en fortalecer las piernas y la verdad, a dos semanas, aún estoy en ‘debe’ con el resto de mi cuerpo que deberá llevar la carga esos cinco días pero aún queda tiempo para resolver eso.

Un mes antes de tomar el avión hicimos una pequeña ruta con el grupo hacia Piedra Numerada, en Santiago. El objetivo fue corregir técnicas de caminar, conocernos juntos en terreno, descubrir nuestro paso como cordada, las fortalezas individuales y colectiva, las debilidades individuales y colectivas, resolver dudas y claro, disfrutar un par de días de montaña. Nos fue bastante bien. Logramos de inmediato convertirnos en una cordada unida. Hemos discutido el comportamiento que suele tener la cabeza durante la ruta y cada uno ha expuesto con confianza sus ansias y sus temores que, por lo tanto, ya son de todos. Tema básico para que una cordada funcione.

Todos estamos de acuerdo a retrasar nuestra partida si el clima no nos acompaña y a volver sobre nuestros pasos si las condiciones superan los riesgos esperados. Aquí no hay egos heridos. Ponernos en esa ruta ya es objetivo logrado porque nuestro viaje hace meses ha comenzado.

Hoy estamos a días de iniciar la aventura en terreno austral. Hoy ya miramos el reporte metereológico a diario y revisamos una y otra vez el equipo y el menú diario.

Hoy ya comienzan los nervios, las ansiedades, las ilusiones, el entusiasmo y las mariposas viajeras estomacales también empiezan a nacer.

Los destinos, los viajes, las travesías son de todos, sólo hay que querer llevarse hasta allá, decidir, hacer y preparar todo para la elección hecha. Si las condiciones no están, crearlas. Siempre hay alguna forma.

Navarino comenzó para mí igual que una vez los Himalayas, con una fotografía en la pantalla, y hoy ya tiene pasajes de aviones y avionetas, pasaje de embarcación, alojamientos reservados y equipo listo para ello y en unos días, espero, el primer paso en la Isla.