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Camino a Navarino

A estas alturas no recuerdo en qué momento Dientes de Navarino comenzó a ser real.

Un día de no sé cuándo vi esa ruta, imprimí una fotografía y la pegué junto a la pantalla del computador de la oficina. Así como una vez lo hice con los Himalayas, quería que ahora Navarino se apoderara de las oportunidades hasta llevarme hasta ahí.

“Quiero ir a la Isla de Navarino y llegar a Puerto Toro” me dijo un día papá.

Hace algunos años tuvimos buenos periodos de montañas y rutas que ya casi hemos abandonado juntos, ante lo cual respondí “Ahí está Dientes de Navarino. El trekking más austral del mundo. Yo quiero ir a la Isla pero a hacer esa ruta”.

Todo quedó pendiente por días, semanas y quizás meses. Leyendo, pensando, conversando, olvidando y volviendo a conversar hasta el día que hubo una fecha y un “Hagámoslo“. Después de eso, otros meses más, la compra de pasajes y desde entonces, más meses, exactamente cinco para preparar bien a lo que vamos.

Ambos estábamos alejados de las prácticas de trekking, él más que yo, pero de todas maneras ya llevo casi dos años sin una ruta de más de dos días.

A esta cordada austral se incluyeron tres más. Entonces comenzó la preparación.

En términos teóricos, mi padre y yo, somos los únicos que contamos con un curso básico, yo con dos, nunca están de más. Comenzamos con temas básicos como estudiar el circuito, conversar entre todos el tipo de vestimenta, de equipo y alimentación, revisar el tipo de entrenamiento y conocer las inclemencias del clima en esta ruta en particular.

En términos físicos, por mi parte, me encontraba con el mayor sobrepeso que he tenido y totalmente fuera de forma pero ya sé que las travesías comienzan cuando ya están de forma concreta en la cabeza y no en el primer paso en la ruta. Es un viaje que comienza mucho antes.

La disciplina no es mi fuerte, he descubierto que necesito objetivos competitivos para moverme. Los que mejor me resultan son los propios así que lo primero que hice fue inscribirme en una carrera de 10 Km. Eso obligó a moverme. El primer día que salí a la calle, logré correr poco más de 2,5 km y llegué roja como tomate. Un mes antes de la carrera corría 5 Km, a dos semanas recién pasaba los 7 Km. El día de la carrera fue el primero que hice los 10 Km y llegué bastante bien. Ya había ‘quebrado’ la inercia. Después me enfoqué en fortalecer las piernas y la verdad, a dos semanas, aún estoy en ‘debe’ con el resto de mi cuerpo que deberá llevar la carga esos cinco días pero aún queda tiempo para resolver eso.

Un mes antes de tomar el avión hicimos una pequeña ruta con el grupo hacia Piedra Numerada, en Santiago. El objetivo fue corregir técnicas de caminar, conocernos juntos en terreno, descubrir nuestro paso como cordada, las fortalezas individuales y colectiva, las debilidades individuales y colectivas, resolver dudas y claro, disfrutar un par de días de montaña. Nos fue bastante bien. Logramos de inmediato convertirnos en una cordada unida. Hemos discutido el comportamiento que suele tener la cabeza durante la ruta y cada uno ha expuesto con confianza sus ansias y sus temores que, por lo tanto, ya son de todos. Tema básico para que una cordada funcione.

Todos estamos de acuerdo a retrasar nuestra partida si el clima no nos acompaña y a volver sobre nuestros pasos si las condiciones superan los riesgos esperados. Aquí no hay egos heridos. Ponernos en esa ruta ya es objetivo logrado porque nuestro viaje hace meses ha comenzado.

Hoy estamos a días de iniciar la aventura en terreno austral. Hoy ya miramos el reporte metereológico a diario y revisamos una y otra vez el equipo y el menú diario.

Hoy ya comienzan los nervios, las ansiedades, las ilusiones, el entusiasmo y las mariposas viajeras estomacales también empiezan a nacer.

Los destinos, los viajes, las travesías son de todos, sólo hay que querer llevarse hasta allá, decidir, hacer y preparar todo para la elección hecha. Si las condiciones no están, crearlas. Siempre hay alguna forma.

Navarino comenzó para mí igual que una vez los Himalayas, con una fotografía en la pantalla, y hoy ya tiene pasajes de aviones y avionetas, pasaje de embarcación, alojamientos reservados y equipo listo para ello y en unos días, espero, el primer paso en la Isla.

 

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Unos metros más arriba

Desde hace un tiempo intento desarrollar mi gusto por los cerros.

Muy pero muy lejos de ser algo siquiera similar a una montañista, cada vez que puedo me pongo mis zapatos guardados especialmente para esta ocasión, lleno mi mochila con algunas cosas para comer durante el día, los sagrados 2 litros de agua y parto a alguno de los cerros de Santiago.

Realmente es una experiencia única. La montaña enseña. Paciente, dura, imponente, revelando sus maravillas poco a poco.  
Mi cerro favorito es El Provincia. Muy cerca de Santiago, se encuentra camino a Farellones y además de las ganas y un par de zapatillas con haaarta ‘caluga’, no se necesita nada más para subir. 

El comienzo es horroroso si lo haces utilizando todas tus energías, por lo que pronto comprendes la primera lección: paciencia y constancia, la montaña enseña que todo tiene su tiempo. Es increíble cómo subir un cerro pone a prueba, debes aprender a dejar atrás la soberbia porque muy pronto la montaña dejará en claro que si estás ahí es porque ella lo permite y así, poco a poco comienzas a respetarla… a quererla y por sobre todo, a disfrutar.

Recuerdo las primeras veces que subí, me sentí pésimo, la respiración era atroz, las náuseas terribles, los mareos y la fatiga…peooorr!! Realmente sentía morir. ¡¡Cero condición física!! Podía detenerme y bajar pero no… es inexplicable, piensas “Nadie me obliga a estar aquí. Me puedo ir en cuanto lo desee” pero no te vas, algo impulsa a seguir. Inevitablemente lo asocié a mi vida, creo que pensaba que si un mal momento en el cerro me hacía desistir, nada impediría que hiciera lo mismo ante una dificultad en la vida, así que respiraba, me sentaba, miraba el paisaje, bebía agua y cuando me sentía mejor comenzaba otra vez. Así, el mismo día en que tras menos de una hora de camino pensé en regresar, terminé siendo parte de una hermosa cumbre nevada, 5 horas después.

El Provincia es mi cerro favorito porque, entre muchas cosas que sucedieron durante ese periodo, me enseñó cómo caminar, no sólo entre y piedras y matorrales, sino a caminar por la vida con una nueva mirada, con un nuevo ritmo.

Chile es un país privilegiado. La montaña está ahí, a un paso. Basta sólo con decidir ir a ella y la satisfacción es garantizada.  

Aquí les dejo un buen dato:
Sábado 16 de junio nos fuimos en dirección a El Morado. Un par de buenos zapatos, ropa de abrigo y un suzuki baleno, un auto bajo, absolutamente nada que ver con una 4×4 pero es suficiente para llegar a la entrada de Baños Morales en pleno Cajón del Maipo, así, sin siquiera tener que utilizar cadenas.

Desde Baños Morales se puede ascender hacia el Monumento El Morado . La entrada tiene un valor de $1500 la cual se cancela en la cabaña de CONAF que está al ingresar. Hasta la Laguna Morales es posible ir por el día, especialmente en este tiempo donde es muy difícil avanzar más si no se cuenta con equipo ya que la nieve no lo permite. Si el estado físico es bueno y se llega temprano a Baños Morales, en temporada de primavera-verano es posible llegar hasta los pies del Glaciar San Francisco. 

Chile es un país privilegiado en cuanto a su geomorfología, diversidad y recursos naturales. Es hora que quienes vivimos en Santiago aprendamos a disfrutar un poco más de las maravillas que nos rodean. No todo es transantiago y el sucio esmog sino que sólo a un par de horas es posible sumergirse en una de las facetas más bellas de nuestro país y ser parte de la imponente Cordillera de Los Andes.IMG_0040